Verónica, ahí estaba ella, dialogando con su mente ¿Quién era aquel personaje que veía al cerrar sus ojos?, Esa figura frívola, esos ojos perturbantes, y esa suave voz adormecedora, ¿Acaso sería el recuerdo borroneado de algún sueño? Pero ese sueño no recordaba haberlo soñado.
Sus ojos, sus ojos la intimidaban, ¿Quién sos?, gritaba fuerte en la sala, aún no puedo saberlo ¿Será tal vez un hombre que habré visto una vez? Esos que te quedan grabados, caminando por Sarmiento como solía hacerlo a diario. No sabía.
Exhausta y confundida se recuesta en el sofá aterciopelado azul claro, como esos ojos. Verónica comienza a cantar para distraerse, cierra sus ojos, los abre con una rara sensación en el pecho, y ahí estaba: frente a ella el frívolo muchacho con los ojos fijos en los de ella, sin expresión, sin gesto alguno.
Dime quién eres, grita ella con un pánico notable en su voz, y sin respuesta alguna ve como la mano del muchacho se acerca a ella acercándole un clavel. ¿Eso es para mi? dijo ella sonrojada con un poco de ironía en sus palabras.
Y así permanecieron mirándose fijamente a los ojos, por horas, días, meses tal vez. Verónica ya con los ojos resecos los cierra por unos segundos y ya no estaba. ¿Dónde te has ido? grita desesperadamente. Escucha el timbre, se levanta con un temblor en las piernas tal vez de fatiga. Un muchacho frívolo, de ojos azul claro le dice con una tranquilizadora voz ¿Señorita desea comprar alguna joya? A lo que ella le contestó con una leve sonrisa picara en el rostro, entra a mi casa creo que eres el amor de mi vida.